El pasado miércoles 14 de febrero, conocido de Ceniza, comenzó la Cuaresma, periodo que consiste de 40 días de preparación para la Pascua. Católicos, protestantes y ortodoxos celebran en la misma fecha un periodo de meditación seguido por la Semana Santa.

Es una tradición ayunar durante estos 40 días, entonces es esta una época que permite, sin importar la religión, aprovechar para reflexionar sobre los excesos o pequeños vicios del día a día. El ayuno es una práctica ancestral que comprende además de dejar de comer, es vivir con una disciplina de vacío, de deshacernos de lo que nos ata a no crecer en nuestra espiritualidad. Es un acto de independencia ante costumbres, cosas o sentimientos que nos esclavizan.

A la pregunta: “¿De qué manera voy a ayunar?” encontramos respuestas que nos llenan de culpa y remordimiento. “Dejar el pan”, “Levantarme media hora antes”, “Pasar menos tiempo con el celular”, “Dejar de fumar”… son sólo algunas de ellas. Sin quitarle mérito a estos cambios, tenemos el deber de ir más allá. Lo ideal es enfocarse en escuchar esa voz que desde la conciencia dice lo que necesitamos ajustar con urgencia pero no hemos enfrentado aún.

Esta voz solo se logra escuchar por medio de la introspección, ya sea mediante la oración, la meditación y/o el silencio.   La oración es una expresión que eleva el pensamiento hacia Dios o la figura máxima de cada religión; mientras la meditación es una técnica para relajarse y concentrarse en la claridad mental sin estar vinculada a una religión necesariamente. Ambas son caminos válidos, ya que mediante ellas se obtiene la serenidad  necesaria para priorizar nuestras necesidades y tomar la decisión más acertada, dependiendo de las capacidades o gustos de cada quién puede utilizar la práctica que se le acomode de mejor manera.

Esta práctica al principio puede ser abrumadora y causar miedo, ya que la idea de sufrir y de soltar apegos es difícil de asimilar,  pero  es esencial la pérdida para llegar a crecer. Para llenarnos debemos primero vaciarnos y alejarnos de las cosas que nos alejan de nosotros y de nuestro ser espiritual.